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Viernes, 20 Mayo 2016 13:22

El Cochero

La luna llena hacía resaltar las sombras de los árboles e iluminaba las flores y el pasto, dándole un brillo especial; el mar hacía notar su sonido continuo y profundo, las estrellas como que parpadeaban en esta noche tan bella. En el interior de una casa dos niñas de trece años jugaban y conversaban, de pronto, a una de ellas le dieron deseos de ir al baño; éste, como en toda casa de campo estaba muy retirado, por lo tanto, Carmen sintió miedo de ir, así que le pidió a su amiga que la acompañara. Se acercaron bajo el brillo de la luna a los pies de un viejo álamo. En ese momento, cuando con estupor y paralizadas vieron una carroza avanzar brillante como plata; arriba la figura de un hombre que gritaba ¡Más rápido, más rápido! mientras golpeaba unos caballos. Con los ojos desorbitados, casi muertas de miedo, entraron llorando a la casa. Juana se resistía ir a su casa por temor, hasta que no vinieran sus padres. Al otro día fueron al lugar donde había aparecido el cochero, no había huellas de nada, sólo estaba la vieja carroza mortuoria que había servido para transportar a muchos muertos Gallardinos. Ahora estaba quieta, resquebrajada sus maderas y todos sus metales oxidados, con tierra y hojas en la cubierta donde colocaban el ataúd. Tal vez habría cobrado vida para volver a servir de transporte.
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